capítulo
1
El
capitalismo rentístico
El
objeto de la presente investigación lo constituyen algunos elementos fundamentales
de la estructura económica de una sociedad que, a la par de ser capitalista, es
también rentística. Se trata, pues, de un objeto caracterizado en términos de
dos rasgos sobresalientes, a los cuales, por consiguiente, debe prestarse
inmediata atención.
La
condición capitalista
La
condición capitalista que aquí se atribuye al objeto de la investigación se
precisa bien en la siguiente reflexión ofrecida por Adam Smith. He aquí un texto suyo: Cuando la división del trabajo se ha
establecido plenamente... todo hombre vive del intercambio, o se convierte de
algún modo en un comerciante, y la sociedad crece hasta llegar a ser, en
propiedad, una sociedad comercial (Smith [1776], 1976: i, 37)1.
Esta
expresión “comercial”, que el autor idiosincrásicamente emplea, puede
sustituirse por la que será propia de estas páginas, a saber, “capitalista”,
sin que el sentido vertido en las frases citadas sufra menoscabo.
es importante destacar que en este enlace , encontraremos el libro completo en este momento solo estudiamos desde el capitulo 1 hasta la pag 10
Pero
hay algo más, de índole sustantiva, que es necesario comentar. La reflexión de
Smith, muy claramente, se mueve en dos planos temporales. El primero se
discierne en las frases iniciales, y sirve para dar cuenta del estado de cosas
que tipifica a la sociedad capitalista en su tiempo más presente: “Todo hombre
vive del intercambio…”. Este rasgo económico hay que tomarlo, pues, como algo
muy propio y definitivo del mundo comercial en su condición actual, de manera
que si se tratara de poner a andar el estudio científico del capitalismo a
partir de él no habría ninguna razón para objetar tal proceder. Dicho de otro
modo, ese estudio científico puede bien aceptar como una decisiva o
incuestionable premisa la referida condición del hombre contemporáneo encuanto
a su dependencia del intercambio mercantil.
El
segundo de los planos, por el contrario, pone al descubierto que esta premisa
ofrecida por el tiempo presente, antes que un elemento connatural a la práctica
económica en general es, en realidad de verdad, el fruto de un proceso por
excelencia histórico, a saber, que se va desenvolviendo a lo largo del tiempo.
Se quiere entonces decir que a esa característica se arriba históricamente, por
variados y complejos caminos.
El
intercambio y el mercado
Dejando
al margen ciertos temas que se desprenden de esta caracterización ofrecida por
Smith, y que pertenecen a un orden de pensamiento distinto del que orienta las
presentes reflexiones, hay que puntualizar lo siguiente. El intercambio es,
preeminentemente, un hecho público. El comerciante despliega una actividad
visible, esto es, del dominio del colectivo del cual forma parte. Compra y
vende él para conseguir su subsistencia y, del mismo modo, también lo hace la
inmensa mayoría de los pobladores de su espacio económico. Ese ámbito social
puede llamarse el mercado.
Pues
bien, en cuanto ese espacio público, colectivo o social se lo denomina “el
mercado”, cabe decir, por consiguiente, que la producción de cosas en la
sociedad bajo escrutinio toma lugar para el mercado. Toda producción que ocurre
o, lo que es igual, todo acto deliberado de crear el capitalismo rentístico 5 cosas,
está destinado en la sociedad capitalista a servirle al mercado, y sus
resultados, en consecuencia, son bienes a la disposición del público.
Intercambio,
fuerza de trabajo y capital
Más
todavía, una mayoría creciente de los pobladores de la sociedad capitalista, por
razón de su carácter de comerciantes, esto es, por tener que llevar algo al
mercado para cubrir la subsistencia propia y la de los suyos, pone a la venta
un objeto muy particular. De nuevo, este singular rasgo social lo comprendió
alguien muy tempranamente, y es él a quien debe entonces citarse:
El
simple obrero, quien sólo posee brazos y habilidades, nada tiene, salvo que
logre vender a otros su esfuerzo (sa peine) (Turgot [1766], 1991: parágrafos6 y
7)2.
Se
quiere indicar que, para la inmensa mayoría de los pobladores de la sociedad
capitalista, su modo de vida descansa en la posibilidad de vender únicamente su
capacidad de trabajar. Tan significativo acto de compra-venta envuelve, así, la
entrega o compromiso de una parte de su tiempo vital, durante la cual se
despliega el esfuerzo laboral a cambio de una remuneración a la que es lo usual
llamar “salario”.
Es
entonces de gran interés disponer de indicios cuantitativos acerca del largo
camino que conduce al mercado de trabajo. Antes, sin embargo, y por razón de
mera formalidad, hay que hacer algunas precisiones.
Población
asalariada
Sean,
a tal efecto, Pob, Pobea y Pobnea la población total, la económicamente activa
y la no activa. Pobea es aquella porción del total de los pobladores que son
físicamente aptos para procurarse la subsistencia. Se quiere decir que se
exceptúan, por ejemplo, los infantes, o los ancianos 2 Hay una clara alusión a
esta realidad de la asalarización ciertamente muy anterior, que no hace sino
ratificar el contenido de lo que aquí se dice. Escúchesela en su lengua original: “Many a thousand
cottagers in England… having no lands to live of their own but their handy
labours and some refreshing upon the said commons”, Anónimo (1549), apud Hill
(1969: 339).
en
extrema senectud. Debe tenerse muy presente que la definición de quienes
integran este último grupo poblacional es materia de complejas convenciones
sociales.
Se
quiere expresar, entonces, lo siguiente:
Pob
= Pobea + Pobnea [1.1]
Y
más, se desea mostrar una segunda clasificación, a saber:
Pobea
= Pobasal + Pobnoasal [1.2]
donde
Pobasal y Pobnoasal, en su turno, representan los subconjuntos poblacionales constituidos
por quienes viven de los salarios recibidos (Pobasal) y por aquellos que viven
de otros recursos no salariales (Pobnoasal).
Más
aún, los asalariados (Pobasal), según las circunstancias del estado de los
negocios, pueden o no estar empleados. De manera que cabe establecer una
diferenciación entre quienes tienen o no tienen empleo. En este análisis, sin
embargo, se supondrá que todos quienes necesitan y quieren trabajar hallan
ocupación disponible.
Sea
el cociente formado por Pobasal/Pobea, es decir, la proporción respecto de la
población activa de la fuerza de trabajo que obtiene sus medios de vida a
partir de ingresos salariales percibidos en el mercado de trabajo. Entonces, se
afirma lo siguiente: primero, dicho cociente es creciente con la madurez capitalista
de la sociedad; y segundo, la magnitud de su cuantía llega a ser muy alta
cuando esa madurez es plena.
En
el cuadro 1.i se muestran las experiencias de Reino Unido3, de
Francia
y de EE UU.
Como
puede juzgarse, estas cifras sirven de firme contrapartida para las
afirmaciones antes hechas, prestando verdad a lo sostenido, y permiten
adelantar la conclusión de que la sociedad capitalista se caracteriza porque su
población, mayoritariamente, obtiene la subsistencia mediante el cambio de su
fuerza de trabajo por salarios
3
Adam Smith hace un comentario ilustrativo para las cifras más tempranas, sin
que tenga por
qué
tomárselo al pie de la letra. Dice así: “En cada parte de Europa, por cada
[persona] independiente hay veinte trabajadores que laboran bajo un patrón”
(Smith, i: 83). Marx, por su lado, hizo esta precisión: “El trabajo asalariado
alcanza una forma realizada sólo hacia finales del siglo xviii en Inglaterra”
(1973: 770). Phelps-Brown da una cifra similar a la que aquí se ofrece para el caso
de Inglaterra en 1688, aun cuando la data un siglo antes (1957).
.
cuadro
1.i
La
condición asalariada: experiencia histórica, 1688-2005
(Porcentaje
de la población asalariada respecto
de
la población activa)
Reino
Fuentes:
Reino Unido: King ([1688], 1936); Deane y Cole (1969); OIT (1993); Portal
electrónico de las estadísticas de Reino Unido: www.statistics.gov.uk. Francia:
Toutain (1963: tableaux 61, 62 y 63). OIT (Genève, 2004). EE UU: U.S. Department of Commerce (1975:series D
182-232; 1993, 2000, 2005: tables 582, 636 y 656).
Más
aún, conviene mencionar aquí un tema de gran significación para la materia en
estudio, y aun cuando sólo pueda ser del modo más sucinto posible. Se trata de
la cuestión del proceso urbanizatorio. La razón para hacerlo puede compendiarse
sin afectar en absoluto la verdad histórica encerrada: la ciudad y el
capitalismo son realidades inseparables.
Valga
decir, la ciudad y el mercado de trabajo capitalista son expresiones genuinas
de una misma realidad.
Los
indicios cuantitativos, muy especialmente en el caso de la Gran Bretaña que sin
duda es del todo representativo, son muy sólidos (vide De Vries, 1984, cuadro
3.7; también, Bairoch et al., 1988). Entre 1650 y 1800, la población urbana se
cuadriplicó en términos de su importancia relativa. A su vez, entre 1800 y 1850
la población de un grupo de 9 ciudades clave, incluyendo Londres desde luego,
se multiplicó 2,7 veces, en tanto que la población total lo hizo sólo en 70%.
La
relación del capital
A la
condición asalariada, propia de la sociedad capitalista, puede también vérsela
desde otra perspectiva, a saber, desde la relación del capital.
Es
el propio Adam Smith quien expresa tempranamente el contenido de esta última, y
lo hace en los términos siguientes:
Tan
pronto como el capital (stock) se ha acumulado en las manos de personas particulares,
algunas de ellas lo utilizarán para poner a trabajar gente industriosa, a quien
suplirán con materiales y subsistencia para conseguir un beneficio bien por la
venta de su producto o por lo que su trabajo añade al valor de los materiales
(Smith [1776], 1976, i: 65-66).
Esta
segunda perspectiva envuelve numerosos hechos, que se mostrarán en lo que
sigue. Pero es muy importante tener presente que tras la expresión “capital” no
yace sólo el agregado de medios físicos de producción que sostiene la práctica
social de producir bienes y servicios para el mercado. Aquí es de vital
importancia la cuestión de su propiedad, esto es, de quién ejerce en última
instancia el dominio sobre su uso y disposición. En tal sentido ha de
entenderse que con el vocablo “capital” no se denota únicamente el hecho físico
de una maquinaria que el trabajador utiliza y que le permite producir con mayor
eficiencia. De manera preeminente aquí se denota una compleja relación social,
a la cual preside una forma histórica de propiedad: la propiedad privada de los
medios de producción. Es así como hay necesidad, entonces, de distinguir activos
productivos que, estrictamente hablando, no son capital, puesto que no
participan en lo que se ha visto son relaciones de capital. Se tiene en la
mente, por sobre todo, la masa de bienes públicos, valga decir, bienes
propiedad del Estado, que sirven como complemento indispensable de la actividad
productiva, a saber, vías de comunicación, redes ferroviarias o infraestructura
diversa como puertos, aeropuertos, edificaciones públicas que, de nuevo, son
activos contables mas no bienes de capital. En la información estadística que a
continuación se brinda, sin embargo, esta última calificación no se toma en
cuenta.
Una
primera información que conviene dar persigue asentar la afirmación hecha en el
párrafo precedente relativa a la propiedad del capital. Se toman dos ejemplos,
EE UU por una parte, y los países de la OCDE por la otra. El lapso de
observación para la economía norteamericana va desde 1925 hasta el presente, y
de los bienes públicos se excluyen los objetos de uso militar. En el caso de
las economías de la OCDE las observaciones empiezan en 1960. En ambos ejemplos,
como se aclara, están excluidas las viviendas de los cómputos correspondientes.
Fuentes: Kamps (2004); U.S. Department of Commerce
(1999); Portal electrónico del Bureau of Economic Analysis.
Los
números, una vez más, no precisan de mayores comentarios adicionales. Cabe
decir, en general, que la inmensa mayoría de los objetos reportados en las
estadísticas oficiales como bienes de capital, según se observa, son
apropiados, pues, a título privado. Más aún, el estudio de la dinámica
capitalista exige una diferenciación, establecido como ha sido ya el carácter
de la propiedad sobre los bienes de producción. Se alude aquí a un criterio
primario acerca del carácter de los objetos que constituyen el acervo de
capital. Dicho criterio es si los bienes en escrutinio son o no el resultado de
un proceso antecedente de producción, valga decir, si son o no producidos. Esta
materia, deberá entenderse bien, es de crucial significación para la
investigación que soporta este libro.
En
efecto, de acuerdo con la información que se mostrará a continuación, la
composición del acervo de capital ha experimentado un drástico cambio con el
transcurrir de los siglos. Sea bueno repetir que el criterio diferenciante es
si el medio de producción resulta o no de un proceso productivo anterior o, más
sencillamente, si es un objeto producido o no. Se quiere decir, por ejemplo,
que la tierra es un medio de producción que, en cuanto tal, no es producida,
mientras que resulta claro que un tractor sí lo es. Cabe agregar que la tierra,
cada vez más y más, es objeto de intervención, en el sentido de que se la
fertiliza, se la riega de diversas maneras, se la rotura y prepara. Desde tal
perspectiva, lo que era en sus orígenes un simple medio puesto por la
naturaleza, hoy no lo es en toda su dimensión. El petróleo, en su turno, es una
realidad mucho menos ambigua. Cuando se lo halla en su yacimiento es un objeto estrictamente
natural, y es bajo tal carácter como debe también vérselo al momento de
estudiar su significación económica.
Sea
entonces el gráfico 1.i, en el que se muestra la evolución histórica de la
proporción de los medios de producción no producidos en el total del acervo de
capital.
Resulta
palmario que los medios de producción no producidos constituyen una porción
cada vez menos importante dentro del total del capital. Debe entenderse, por
consiguiente, que lo señalado marca una tendencia del desarrollo del mundo
económico contemporáneo.
En
otro sentido, cabe decir lo siguiente. El capital no sólo se autonomiza respecto
de la naturaleza a medida que crece y se desarrolla; también, además, se hace
cada vez más eficiente en términos del uso de energía que requiere. Más aún,
los medios de producción crecientemente se tornan en capital fijo, lo cual
viene a constituirse en un poderoso indicador del grado de desarrollo de una
economía. En tal respecto, el cuadro que sigue claramente indica la intensidad
de la acumulación de capital, medida entonces en términos del valor del capital
fijo por trabajador
Una
vez más, no hay necesidad de añadir nada más a lo que los números ponen de
manifiesto. La magnitud de la variable referida para el período 1770-2004,
según se observa, crece en efecto de manera sostenida con los años, siendo su
tasa de incremento, para el agregado de los países considerados, algo más de 2%
anual.
En
síntesis, la intensificación histórica de la relación del capital es a todas
luces un hecho incontrovertible. La conjunción de la información emanada de los
cuadros anteriores hace del todo patente la acelerada evolución de la presencia
de la relación del capital en la vida contemporánea.
Por
los momentos esto es lo sustantivo y ahora es necesario dirigir la mirada a la
condición rentística.
La
condición rentística
La
condición rentística que será objeto de estudio en esta investigación requiere
de una cierta elaboración conceptual. En lo que sigue se procede en esa
dirección.
Precisiones
terminológicas
Una
precisión terminológica y conceptual es aquí imprescindible. La expresión “renta
de la tierra” (groundrent; rent of the land; grundrente; rente foncière), que a
menudo se abreviará con el solo vocablo “renta”, habrá de tener en todo lo que
sigue un significado muy bien delimitado, y es menester no perder éste de vista
por un momento. Además, únicamente así será posible extraer todas las
consecuencias que de él se desprenden.
En
la sociedad capitalista se admiten como legítimas sólo dos fuentes privadas de
ingresos: la propiedad, de una parte, y el trabajo, de la otra. Por
consiguiente, y según sea una u otra fuente de donde provengan los ingresos
recibidos, los individuos serán o propietarios o trabajadores.
Los
primeros, en su turno, reclaman para sí su parte de lo producido con cargo a lo
que es suyo, en tanto que los segundos, por su lado, lo hacen con cargo al
esfuerzo laboral prestado. En ambos casos, tras la remuneración percibida
existe un derecho socialmente legítimo y como tal reconocido.
En
relación con el trabajo, no pareciera ser necesario agregar mayores comentarios.
Sólo es menester reiterar que al ingreso recibido en contraprestación por el
trabajo prestado se lo denomina en general salario.
La
propiedad, por el contrario, sí es un asunto de múltiples complejidades, algunas
de las cuales interesan aquí sobremanera.
La
propiedad se hace acreedora de una remuneración en cuanto los objetos, materia
de esa propiedad, concurren a la producción y la facilitan.
Empero,
hay una crucial distinción por hacer, de la que ya antes se ocupó la
exposición. Efectivamente, hay dos clases de cosas que son objeto de posesión y
propiedad. Las primeras de ellas, de manera característica, son el resultado de
un proceso particular de producción. Y debe añadirse sin dilación lo siguiente:
el hecho de producir implica de por sí un propósito deliberado y premeditado o,
lo que vale decir, la producción es un acontecer exclusivo de lo humano: la
naturaleza no produce, sólo producen los hombres: “La naturaleza no construye
máquinas ni locomotoras ni ferrocarriles ni telégrafos eléctricos. Todo ello es
el producto de la industria humana: material natural transformado en órganos de
la voluntad humana sobre la naturaleza o de la participación humana en la
naturaleza” (Marx, MECW, volume 29: 92; 1973: 706). En este estricto sentido,
estas cosas primeras son medios que sirven para la producción, que a su vez han
sido producidas. Brevemente dicho, son medios de producción producidos.
Allí,
sin embargo, no se agota el universo de las cosas que concurren a la producción
y que son históricamente apropiadas a título privado. Hay un segundo tipo de
objetos que de igual manera sirven para producir, pero que como tal no existen
en cuanto resultado de la actividad humana.
Son
ellos, así, medios de producción no producidos. La propiedad, por consiguiente,
se ejerce sobre ambos géneros de objetos o cosas, y aunque en cuanto derecho
abstracto la propiedad es una sola, el conocimiento económico precisa
establecer una distinción a lo largo de las líneas anotadas, toda vez que
únicamente así puede entenderse la naturaleza de la sociedad capitalista. Por
esta razón, la diferenciación hecha no puede ni debe soslayarse.
La
relación social que se establece con ocasión de los medios de producción es lo
que habrá de denominarse “el capital”. Y es ese capital, o lo teoría económica
del que expresa lo mismo, la propiedad que él representa, la fuente del derecho
a recibir una porción de la producción conseguida. A esta porción se le dará en
adelante un nombre propio, al igual que se procedió con el trabajo y su
remuneración. En este caso, se trata del “beneficio”, es decir, del beneficio
del capital. Pero esto dicho así da por sentado que no hay medios de producción
que no estén bajo la propiedad de los capitalistas, que no es el caso,
históricamente hablando. Puede darse, y de hecho esta situación fue muy común
en el remoto pasado histórico, que haya medios de producción no producidos que
son propiedad de dueños no capitalistas, por ejemplo, las tierras o las minas o
los bosques y las aguas.
Por
el hecho de concurrir a la producción, en cuanto objetos útiles que son, se
crea un justo derecho a una remuneración en favor de sus propietarios. Estos
últimos, a primera vista, son como cualquier otro propietario. Mas ni para el
conocimiento de lo económico, ni, desde luego, para los tiempos cuando ese
conocimiento daba sus primeros pasos, son similares a los capitalistas sensu
stricto. Muy por el contrario. Y de hecho, sus desemejanzas son cruciales.
Estas diferencias se expresarán, entre otras cosas, en la denominación misma
que se da a la remuneración de los propietarios de dichos medios no producidos,
a saber, renta.
En
suma, los ingresos que se pagan y reciben en la sociedad capitalista son de dos
clases, y la segunda de ellas, por la especificidad anotada, contiene dos
subclases. En lo que sigue, y a tenor de lo ya dicho, se los llamará, de una
parte, salarios, y, de la otra, beneficios y renta de la tierra. Pero esta
distinción, tan sencilla como sin duda lo es, enfrentó en el idioma español el
grave inconveniente de la falta de un vocablo propio que sirva para distinguir
la segunda especie del ingreso proveniente de la propiedad, es decir, de la
“renta”. Porque es el caso de que en este idioma también se denomina “renta” a
cualquier ingreso en general, por cuya razón no hay modo de diferenciar el
género de la especie, si es que a esta última se la quiere especificar y
nombrar como tal. No habrá de verse como ocioso referir en pasada un ejemplo
originario de esta confusión lingüística, de tan significativas consecuencias
para el análisis económico en el mundo de habla hispana. En los párrafos 17 y
18 del capítulo VI del libro primero de The wealth of nations, Adam Smith
resume la cuestión de la distribución del ingreso en sus tres especies, esto es,
salarios, beneficios y renta de la tierra, que en el juicio del autor “son la
fuente original de todo ingreso (revenue)”. Son, como se ve, cuatro los vocablos
empleados, que en su idioma original se nombran de la manera siguiente:
revenue, wages, profits, rents. Cuando esta obra de Smith se tradujo al español
por primera vez, en 1794, esas cuatro palabras se redujeron a tres,
confundiéndose la primera y la cuarta de ellas en una sola, a saber, renta4. Es
decir, se confinaron bajo un único término tanto el ingreso en general como la
remuneración particular pagada con cargo a la propiedad sobre unos medios de
producción no producidos.
La
experiencia histórica de la renta de la tierra A este vicio del lenguaje, que
pudo en su momento ser significativo, el desarrollo del capitalismo ha
terminado por cohonestarlo del todo5. En este orden de ideas resulta de interés
hacerse una idea del curso histórico que ha seguido la distribución global del
ingreso en términos de las tres remuneraciones anotadas.
Así,
las cifras del cuadro 1.iv, que aluden al representativo caso de Reino Unido,
no sólo iluminan la escena histórica que conduce al abandono del concepto de la
renta en su sentido primigenio y estricto, sino que, además, podrían muy bien
servir de complemento a un análisis más detallado de los cambios acaecidos en
la estructura de la propiedad y el poder
en la sociedad capitalista. Pero
basta por los momentos sólo mostrarlas.
4 “Wages, profits, and rent are the three original
sources of all revenue as well as of all exchangeable value. All other revenue
is ultimately derived from some one or other of these. Whoever derives his
revenue from a fund which is his own, must draw it either from his labour, from
his stock, or from his land...” (Smith, [1776, 1976], vol.
i: 69).
La
traducción de José Alonso Ortiz de 1794, revisada contemporáneamente, y sin entrar
en mayores comentarios que se harían
siempre oportunos, reza así: “Salarios, ganancias y rentas, son las tres
fuentes fecundas de todo producto y de todo valor permutativo. Todas las
rentas, utilidades y obtenciones vienen, por último, a derivarse de una de
aquellas tres partes, de dos, o de todas ellas… Todo el que percibe rentas de
algún fondo propio, o las ha de sacar de su trabajo, o de su capital, o de sus
tierras” ([1776, 1955], vol. i: 95). Una traducción aún mucho más confusa es la
de Gabriel Franco para el Fondo de Cultura Económica. Valga sólo esta frase del
comienzo del párrafo tomado de la obra de Smith y antes citado: “Salarios,
beneficio y renta son las tres fuentes originarias de toda clase de renta...”
([1776, 1979], 51-52).
5 En
el caso del idioma inglés, con el vocablo renta se denota al presente
“cualquier género de ingresos” (cf. Alchian, 1987: vol. iv: 141).
En
la economía de predominio agrícola, cuando la propiedad dominante era, por
obvias razones, la terrateniente, no podía sino ser que los ingresos producidos
se apropiaran fundamentalmente en calidad de renta. Pero una vez que el ascenso
capitalista ha adquirido ya su plena dinámica, sólo bastan algo menos de 100
años para que dicha renta sea apenas un tercio de lo que antes fue, mientras
que al presente, por supuesto, es sólo una expresión estadística sin mayor significación.
En
todo caso, y como se ha dicho antes, para lo que ha de venir en estas páginas
la especificidad de la renta de la tierra como categoría particular del ingreso
es una exigencia conceptual fundamental. Por tal razón es imprescindible
recuperar la expresión bajo consideración en toda su plenitud semántica. A lo
largo de las páginas siguientes, entonces, se preservará el uso originario y
riguroso de la expresión “renta de la tierra”, significando con este vocablo
sólo aquella clase de ingresos que demanda y cobra el propietario de unos
instrumentos útiles para la actividad productiva, los cuales, por su parte, no
son el resultado de ningún proceso productivo antecedente según lo aquí
precisado.
El
capitalismo rentístico
Sentado
lo anterior, puede ahora procederse a tratar la caracterización formal de la
condición rentística de la sociedad capitalista objeto de estudio en esta
indagación.
Para
empezar, y más bien con un sentido negativo, cabe indicar que una sociedad
capitalista, con predominio de la renta territorial en la distribución de sus
ingresos, no es por necesidad una sociedad capitalista y rentística en la
estricta acepción que aquí habrá de darse a la caracterización buscada. Por
ejemplo, el territorio económico de lo que luego será el Reino Unido, cercano a
1688, es una economía en movimiento hacia una acelerada condición capitalista,
en la cual, sin embargo, la primacía de la propiedad terrateniente todavía es
dominante. Pero de la participación mayoritaria de dicha propiedad en la
distribución en cuestión no cabe desprender el rasgo rentístico que aquí
interesa. Se la puede llamar, en efecto, de cualquier modo: atrasada, agrícola,
y no sin sus riesgos, hasta feudal, mas no sería adecuado llamarla rentística.
Lo rentístico, como se verá en un momento, implica otros elementos de juicio.

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